«Esto no puede pasar aquí» por José Natanson

En 1936, en pleno ascenso de los fascismos europeos, el escritor estadounidense Sinclair Lewis publicó Esto no puede pasar aquí (1), novela que cuenta en clave satírica la derrota de Franklin Delano Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1936 en manos de un senador populista inventado, Berzelius “Buzz” Windrip. Evidentemente inspirado en el ex gobernador de Luisiana Huey Long, que con su discurso anti-establishment y su fabuloso plan de obras públicas había logrado concentrar la suma del poder estatal en su persona, la novela describe el ascenso del demagogo Windrip tras una campaña presidencial marcada por la crisis del 29 y el paso a paso de su presidencia, la progresiva transformación de la democracia estadounidense en una dictadura fascista.

Muy popular en su momento, el libro de Lewis fue rescatado por editores memoriosos y republicado en simultáneo con la victoria presidencial de Donald Trump, cuando alcanzó un nuevo éxito de ventas. Por esos mismos años recobraba notoriedad otro libro que imaginaba un contra-mundo, La conjura contra América (2), en el que Philip Roth describió el triunfo en las elecciones de 1940, también contra Roosevelt, del héroe de la aviación civil Charles Lindbergh, conocido por sus ideas antisemitas y su prédica aislacionista, y la instauración de un gobierno filonazi, que acorrala a los judíos estadounidenses que, como la familia Roth, se niegan a huir a Canadá. Completa la tendencia El hombre en el castillo (3), de Philip K. Dick. Ambientada en los años 60, la novela describe una complicada trama de espionaje luego de la derrota de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Estados Unidos por las tropas de Alemania y Japón. Ambos libros, además de trepar en las listas de más vendidos, fueron convertidos en exitosas series de plataforma.

La súbita pasión de los lectores estadounidenses por la ucronía es consecuencia del estupor causado por la victoria de Trump. Sucede que, antes de que se convirtiera en Presidente (y antes de que se alzara con la candidatura republicana), el consenso de los analistas descartaba semejante posibilidad con argumentos tranquilizadores: el veto de los sectores moderados del Partido Republicano, el proverbial centrismo del sistema político estadounidense, la fortaleza de la democracia más antigua del mundo y hasta la necesidad táctica de conquistar el creciente voto de las minorías… todo esto hacía impensable que una figura como Trump llegara al gobierno. Esto no puede pasar aquí.

Tampoco, en principio, en Brasil: en un sistema político federal, centrífugo y atomizado como el brasilero, una candidatura presidencial exitosa, se pensaba, es aquella capaz de aglutinar partidos, sectores sociales y sensibilidades muy diversas, y por lo tanto ha de ser abierta y moderada. Esto no puede pasar aquí. Ni en España: hasta la emergencia de Vox, se suponía que la memoria trágica del franquismo, la redemocratización tardía y el centrismo democrático heredado de La Moncloa inhibían las chances de una derecha nacionalista extrema.

Argumentos igualmente tranquilizadores circulan en Argentina: la polarización en torno a dos grandes coaliciones electorales que, para ganar, deben mantenerse unidas y amplias; la influencia de los sectores moderados de Juntos, en particular del radicalismo; la valorización social del Estado como herramienta de construcción de igualdad y la sed de justicia social del peronismo; el anti-autoritarismo derivado del rechazo social a la última dictadura. Por todos estos motivos, una figura como Milei tiene que ser necesariamente una figura de vuelo corto. Esto no puede pasar aquí.

Pero el clima social ha cambiado. Argentina ha cambiado. El país del 2022 no es el mismo que el del 2020, antes de que irrumpiera la pandemia, ni que el del 2015, antes del triunfo de Mauricio Macri. La sociedad, dijimos en su momento, está rota, económica y emocionalmente (4). Los indicadores de confianza interpersonal, individualismo y “nihilismo político” registrados por Flacso vienen mostrando un deterioro sistemático (5). Políticamente, los argentinos vienen de castigar en las urnas al kirchnerismo (en 2015), al macrismo (en 2019) y al albertismo (en 2021), y puede que piensen que ha llegado el momento de probar otra opción, radicalmente distinta.

Los significados de Milei

El éxito de Milei es parte de la tendencia al ascenso de figuras de extrema derecha en diferentes países del mundo. Más o menos nacionalistas, más o menos neoliberales y más o menos agresivas, comparten el rechazo al establishment político tradicional (“la casta”), las críticas al feminismo (“ideología de género”) y la denuncia de una supuesta decadencia nacional atribuida tanto a la desidia de los políticos como al ventajismo de las minorías (árabes, mexicanos, gente que vive del Estado), todo envuelto en una retórica anti-comunista de denuncia del “marxismo cultural”. Encarnan, como sintetizó agudamente Pablo Stefanoni (6), una nueva forma de rebeldía. Son, sobre todo, la forma de una reacción, en el sentido físico más puro: una acción que se opone a otra en sentido contrario.

En este grupo heteróclito, Milei reúne una serie de características propias. Organizó su discurso alrededor de una noción abstracta de libertad afianzada en las marchas anti-cuarentena convocadas durante la pandemia (así como las movilizaciones del campo de 2008 constituyeron el germen del macrismo, las del 2020 fueron la semilla del mileismo). Con el desparpajo típico de estos personajes, Milei importó con éxito la denuncia a “la casta”, logró ubicar en el debate público el ambiguo concepto de “libertario” y no se priva de autodefiniciones teóricas sofisticadas, al alcance solo de un grupo de entendidos, como “paleolibertario”. Despliega un discurso económico de un neoliberalismo extremo, que cuestiona los impuestos, el rol del Estado, el asociativismo solidario, sazonado con referencias a la matemática aplicada que deja caer aquí y allá como argumento de autoridad (y que nadie le cuestiona porque nadie conoce).

Este liberalismo básico se conjuga con un rechazo cerrado a los avances en materia de género y derechos de las minorías (Milei se ha declarado contra la legalización del aborto, contra el feminismo y contra cualquier política pro diversidad), un mix que no resulta tan extraño en Argentina: es, al fin y al cabo, el de los gobiernos militares, que combinaron neoliberalismo económico con reaccionarismo cultural. La inclusión en La Libertad Avanza, el partido de Milei, de dirigentes que han construido sus carreras reivindicando la última dictadura, como Victoria Villarruel, expresa esta amalgama.

La apuesta político-cultural de Milei se completa con una operación simbólica audaz. Durante años, la pregunta por el lugar de Menem en la historia circuló sin respuesta por el debate público. En su momento (7), Martín Rodríguez escribió una nota pionera, en la que reivindicaba el derecho del riojano a ver inaugurado su busto en la Casa Rosada: con su decisión de reprimir sin negociar el último alzamiento carapintada y con el primer plan exitoso de estabilización macroeconómica en tres décadas, Menem, argumentaba el artículo, merecía una talla en mármol al lado de Alfonsín o Kirchner. Siguiendo este razonamiento, sostuve que los políticos peronistas nacidos y criados durante el menemismo –los Scioli, los Massa, los Insaurralde– estaban destinados a cumplir ese rol, aunque difícilmente se animarían, porque precisamente una de sus marcas generacionales es el desdén de la tradición (8). Tampoco Macri, que podría haber ido a buscar a Anillaco las razones de su neoliberalismo tardío pero que, aconsejado por Durán Barba, prefirió una inverosímil reivindicación del frondizismo. Mientras tanto, Menem seguía encerrado en su departamento de Barrio Norte, atendido por Zulemita que le llevaba el enésimo té con leche de la tarde, esperando que sonara el teléfono para que alguien finalmente lo invitara a la Casa Rosada.

Milei resolvió el debate con una frase: “Menem fue el mejor presidente de la historia, y Cavallo el mejor ministro de Economía”. Si declararse fan de la Generación del 37 es una tentación a la que casi ningún político argentino puede resistirse, la reivindicación de Menem y Cavallo constituye un gesto más atrevido, que ubica a Milei en el grupo de líderes de extrema derecha que bucean en el pasado para encontrar su lugar en el presente: el Tea Party como antecedente de Donald Trump, Vox y el franquismo, José Antonio Kast y el pinochetismo, Jair Bolsonaro y la dictadura brasilera.

¿Puede pasar?

Las encuestas ya sitúan a Milei en un tercer lugar, acercándose a las dos grandes coaliciones en un posible escenario de tercios (9). Sus chances aumentan si suceden dos cosas.

La primera: si se parten el Frente de Todos o Juntos. En efecto, el bi-coalicionismo que desde ya hace cuatro elecciones nacionales organiza nuestro sistema político es una invitación al voto útil y un antídoto contra los outsiders. Pero si uno o ambos frentes estallan en dos o más candidaturas el panorama cambiaría por completo. Es más: así como la unidad de una coalición es un incentivo obvio para que la otra no se rompa, la división de uno de los frentes, con más probabilidad el peronista, podría precipitar el quiebre del frente rival. Y como en política las cosas no siempre ocurren porque los actores quieren que ocurran, porque en el medio se cruzan cálculos errados, interpretaciones equivocadas de lo que hará el otro e irracionalidades varias, este escenario no es imposible. Si se verifica, una oferta atomizada en varias candidaturas favorecería a Milei, con un voto por ahora minoritario pero que no cuesta imaginar sólido.

El segundo factor que aumentaría las posibilidades de Milei es que siga así. Quiero decir: que sostenga la estrategia de construir una candidatura en solitario, a la que propone incontaminada de política tradicional, en busca del creciente voto rechazo. La breve pero intensa experiencia internacional de la extrema derecha muestra dos caminos posibles. El primero es el de Trump: adherir a un partido tradicional y subvertirlo desde adentro. El segundo, más habitual, es crear una fuerza propia capaz de disputarle el electorado a la derecha clásica, que es lo que hicieron Bolsonaro y José Antonio Kast (y lo que intenta la derecha radical en los sistemas parlamentaristas europeos). Milei tiene claro que no se sumará a Juntos, porque eso implicaría diluir de un solo golpe el capital político que viene construyendo tan aceleradamente (implicaría cancelar la idea de que la oposición no es más que “kirchnerismo con buenos modales”, sintetizada en la figura de “Kambiemos”, una de las más festejadas entre su militancia). Sin embargo, como la casta es aquello que Milei decide que es de acuerdo a las circunstancias de cada momento, ha dicho que sí está dispuesto a aceptar el ingreso de Macri a su partido y disputar unas PASO, y que si pierde lo acompaña. El desafío es calculado: lo más probable es que Macri no dé el paso y que, si lo hace, pierda.

Así las cosas, Milei camina solo: recorre el país en actos multitudinarios, visita medios de comunicación no siempre favorables y alimenta el monstruo de las redes sociales. Y como Argentina es un territorio grande y diverso que no se puede ganar como si fuera la Ciudad de Buenos Aires, va pescando en sus viajes diversos liderazgos, pequeñas estructuras y aparatos en estado de disponibilidad: los acuerdos con el bussismo en Tucumán y las negociaciones abiertas con el Partido Demócrata de Mendoza y Cruzada Renovadora en San Juan son intentos por dotarse de una mínima estructura nacional que lo acompañe en su aventura presidencial. Aunque la adscripción ideológica de estos viejos conservadurismos provinciales a la corriente económica austríaca suena inverosímil (¿qué opinaría el fallecido caudillo sanjuanino Alfredo Avelín, formado en las filas del frondizismo, de la propuesta de Milei de privatizar las calles?), la alquimia no es imposible: los peronismos del interior que acompañaron a Menem tampoco eran neoliberales.

¿Qué ocurriría si Milei llegara al ballottage? La hipótesis es tan nueva que las encuestas aún no logran captarla. Pero podemos especular y preguntarnos, por ejemplo, si las dos grandes coaliciones, que vienen disputando democráticamente el poder en Argentina desde hace una década, aceptarán tender un “cordón sanitario” en torno a Milei al estilo de lo sucedido en Francia en 2002, cuando el socialista Lionel Jospin convocó a frenar a Jean-Marie Le Pen votando al gaullista Jacques Chirac “con la nariz tapada”. Si la segunda vuelta enfrentara a Milei con el candidato de Juntos, ¿qué votaría el electorado peronista? ¿Prevalecerá la racionalidad democrática o sucumbirá a la tentación de “probar algo nuevo”? El hecho de que Milei obtenga sus mayores adhesiones en los votantes jóvenes, que algunos años atrás se inclinaban masivamente por el kirchnerismo, es un dato preocupante. Y de manera inversa: ¿cómo se comportará el mundo anti-peronista? ¿Aceptará apoyar a un candidato peronista para frenar la amenaza democrática que constituye Milei? La hipótesis es alarmante: Milei comparte con Juntos, en particular con el PRO, el mismo hemisferio ideológico de votantes (aunque Milei y Juntos no sean lo mismo). Por lo demás, la experiencia de Brasil y de Chile enseña que, puestos a elegir entre la izquierda y la extrema derecha, los dirigentes de la centroderecha tradicional se inclinan por la segunda.

Al fondo a la derecha

Incluso si pierde, Milei ya ha trastocado las coordenadas de la política argentina: el giro a la derecha de Juntos, la incorporación de Ricardo López Murphy (un razonable Albert Hirschmann al lado de Milei) y el debate abierto al interior del macrismo así lo demuestran. En una nota publicada en Seúl (10), la revista digital que se ha convertido en el gran órgano de discusión ideológica del anti-peronismo, el politólogo Julio Montero escribió: “Mientras Milei anuncia un plan de salida mágico e indoloro y ofrece una narrativa de reemplazo, Juntos se regodea en la moralina y la interna. Milei no crece por lo que hacen o dicen los halcones; crece por lo que no dicen y no hacen las palomas” (el subrayado es del autor).

A juzgar por el resultado en las elecciones porteñas, los últimos números de las encuestas nacionales y el camino elegido, Milei dejó de ser una extravagante figura televisiva para convertirse en una amenaza. Si dejamos de lado los argumentos tranquilizadores, levantamos la vista para mirar el contexto (el sorpresivo resultado obtenido por Rodolfo Hernández en Colombia es solo el último ejemplo) y la bajamos para observar los cambios subterráneos experimentados por la sociedad argentina, comprobaremos que no se trata de una ucronía literaria sino de una realidad posible.

1. Antonio Machado, Madrid, 2013.

2. Literatura Random House, Buenos Aires, 2018.

3. Planeta, Buenos Aires, 2015.

4. www.eldiplo.org/268-cuando%E2%80%86el-peronismo%E2%80%86cruje/las-almas-rotas-de-la-pandemia/

5. www.perfil.com/noticias/columnistas/nihilismo-politico.phtml

6. ¿La rebeldía se volvió de derecha?, Siglo XXI, Buenos Aires, 2021.

7. www.lapoliticaonline.com/martin-rodriguez/martin-rodriguez-menem-un-busto-ahi/

8. https://www.eldiplo.org/176-hasta-donde-llegara-francisco/la-decada-extraviada/

9. www.infobae.com/politica/2022/05/04/segun-una-encuesta-javier-milei-gana-terreno-de-cara-al-2023-y-rodriguez-larreta-sacaria-ventaja-en-una-interna-opositora/

10. https://seul.ar/el-futuro-del-pro/

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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