«Polémicas intelectuales en la era de la simplificación» por Beatriz Sarlo

La gran ensayista argentina analiza la transformación del lugar del intelectual en las discusiones públicas. Sostiene que el debate “sigue de todos modos, pero provoca alineamientos que no favorecen la larga duración”.

Quien se interese por el pasado de los intelectuales no podrá alegar falta de fuentes bibliográficas. En la web, el archivo infinito de AHIRA las ofrece indexadas y muchas de ellas también están colgadas allí. Las revistas publicadas en las últimas tres décadas del siglo XX buscaban el debate intelectual entre gente de distintas ideas que no temió el enfrentamiento ni simuló que eran todos del mismo palo. Sé, por experiencia, que era minucioso el cuidado con que se preparaban las notas de una revista subterránea pero destinada al papel. Lo impreso tenía una fuerza y una permanencia inigualables.

Cuando la democracia ya se anunciaba, los diarios descubrieron que allí había debates que interesaban a más lectores de los que entonces se animaban a comprarlas. Y que esos lectores no buscaban solamente las novedades del mercado editorial ni solo conocían a los autores de best-sellers. Luego, con velocidad, muchos de esos debates fueron transfiriéndose a los portales y las redes.

Del subterráneo a la academia. En los años ochenta, muchos de los intelectuales que habían participado en revistas subterráneas se fueron incorporando a las universidades. El cambio fue rápido. Quienes escribían para ganar un público aprendieron que las revistas académicas no tienen público libre, que llega a ellas por capricho, por coincidencia o casualidad, sino un público obligado. Si alguien está en la universidad, tiene que leer a otros colegas, a quienes encuentra en reuniones también universitarias. Y también se debe leer para cumplir con una parte de las tareas.

En las revistas underground, que dependían de la precaria venta en kioscos, los debates que mantuve con mis interlocutores fueron intervenciones donde se jugaba todo, incluso la amistad. Esa fue mi relación con quienes escribían en la revista que por entonces yo tenía a mi cargo. Su nombre, Punto de Vista, anunciaba que allí no había verdades sino búsquedas desde perspectivas diferentes. De a poco, esos debates pasaron a algunos diarios, porque se descubrió que los materiales que ofrecían no solo interpelaban a un sector minoritario identificado como intelectual y, generalmente, intelectual de izquierda. La democracia, por su parte, encendió un debate de frecuencia e intensidad desconocidas.

En la candente actualidad, las redes son el espacio de los encontronazos. Vacilo en llamar debate a muchas de las disensiones que se publican. Las redes son hostiles al discurso largo. La brevedad define la mayoría de las intervenciones, excepto los diálogos en algunas páginas web que tienen el estilo de revistas. Se privilegia el intercambio filoso de opiniones y se rehúye la argumentación razonada que, de ser leída, puede dar lugar a otra incluso más larga. Se prefieren frases breves, de sintaxis poco complicada.

Podría decirse que los debates intelectuales se han simplificado y así se han vuelto más democráticos, aunque no sea claro qué significa esa palabra en términos de ideas políticas o estéticas complejas. Nos hemos convertido en pedagogos a la fuerza. Y esa “pedagogía intelectual” es un arte de la simplificación.

Redes y sogas. Los nuevos escenarios de las redes sociales no soportarían con facilidad debates prolongados en el tiempo, como el que me unió con intelectuales del peronismo como Horacio González o Nicolás Casullo. Necesitábamos extensión, tanta extensión como lo exigieran las ideas y no los formatos. Las revistas muy minoritarias publicadas por intelectuales en los años ochenta y noventa permitían esos desbordes. Hoy escribimos en un “lecho de Procusto”, donde se le cortan los pies a quien no se ajuste a la medida. Aprendimos a escribir corto y, si escribimos corto, no siempre pensamos extensamente. La medida es una de las dimensiones estéticas del pensamiento.

¿Quién puede hacerse responsable de esto? Los best-sellers existieron desde que las editoriales se instalaron en un mercado que, por otra parte, les ofreció un público. Pero, durante décadas, a nadie se le ocurrió que las novelas más vendidas debían ser como narraciones del siglo XIX. Tampoco a nadie se le ocurrió que los ensayos, para vender algo más que unos cientos de ejemplares, debían ser cortos. Sobre los actuales best-sellers de ficción, sería ilustrativa una encuesta de la edad de sus adquirentes. ¿Gente madura y perezosa, por ejemplo? ¿Jóvenes a quienes la escuela no entrenó en las dificultades de un texto?

En los márgenes persisten quienes buscan independizarse de estos requisitos de medida y estilo: algunas páginas web, alguna sacrificada revista en papel que dura poco tiempo.

El debate sigue de todos modos, pero provoca alineamientos que no favorecen la larga duración. La brevedad estilística de las redes no soporta la longitud de la nota sobre papel. Las redes inventaron otra forma del debate: intervenciones muy cortas y largos intercambios de objeciones, acompañadas de insultos y denuncias. Contestar todo sería una forma agotadora de la participación intelectual en la esfera pública.

Hubo un tiempo en que miles de lectores eran educados por lo que leían. Y entonces leían la sección primera de El Capital, tres capítulos del Ulises, o pasaban de las notas periodísticas de Roberto Arlt a sus novelas. Era necesario invertir tiempo y esfuerzo. Había que someterse a la prueba, porque el pasado no se entiende sin ese tiempo y esa disposición.

Quizás el papel y los modos de lectura aprendidos ya perdieron el combate final. En formato digital, se lee mucho más velozmente. Por supuesto, no puede leerse a Hegel, ni a Deleuze, ni a Joyce o Saer de este modo. Que se arreglen, porque ya bastante se los leyó.

fuente: Revista Ñ

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