Entrevista a Marc Castellnou, principal experto mundial en incendios: “Hay que invertir en la cabeza del bombero, no en el casco“

Marc Castellnou es presidente de la Fundacion Pau Costa, que conecta a una red de expertos a nivel global en incendios forestales. Castellnou, considerado una de las principales autoridades mundiales en grandes incendios, explica en diálogo con el Dipló cuáles son los desafíos que plantean los incendios de sexta generación (“tormentas de fuego”), resultado de los efectos del cambio climático. Y sugiere que, para enfrentarlos, no hay que invertir solo en aviones, brigadas y agua, sino, sobre todo, en análisis y estrategia.

Por estos días Argentina es el país más caluroso del planeta y prácticamente la mitad de las provincias presentan incendios. ¿Qué nos deparan los próximos años?

Básicamente, en 2019-2020 vimos una serie de incendios bestiales en la Chiquitanía (Bolivia), pero también en la costa oeste de Australia, que borraron ecosistemas enteros. Y en la Patagonia (Chile y Argentina) lo que estamos viendo es un recrudecimiento de esos incendios y una entrada de esos incendios en la cordillera andina, lo que no era tan normal. El año pasado en El Bolsón ya empezamos a ver la debilidad de ese ecosistema andino que está comenzando a sufrir el impacto del cambio climático. Ahí hay que sumar que el invierno pasado en la zona ha sido extremadamente seco, por lo que ya esperábamos una campaña dura, y con las temperaturas altas, con la ola de calor que se ha vivido en Argentina en los últimos días, la situación quedó servida. Lo que estamos viendo es el mismo proceso desde 2017, pero cada vez sabemos mejor que se trata de un cambio climático que se está instalando y está generando estrés en el bosque. Esto lo hace mucho más disponible, y entonces los incendios empiezan a quemar grandes cantidades de combustible acumulado en zonas donde históricamente no había estos incendios. En este momento, las laderas de los Andes, tanto del lado argentino como chileno, esa zona es sensible.

Hay que esperar que esto se repita?

Vamos a ver esta situación más a menudo, ya que el cambio climático es irregular y produce extremos, por lo que cuando estamos en un ciclo seco podemos pasar a un ciclo húmedo, que también puede ser extremo. En los próximos años veremos a este tipo de incendios forestales afectar toda la zona, y el régimen se irá acelerando en otras provincias más australes. En la zona de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay veremos lo mismo que en Australia y en la zona del oeste californiano o en el Mediterráneo europeo. El régimen se está intensificando por un clima que es más extremo y por una masa forestal que está quedando por fuera del rango climático. Es decir, la mayor parte de nuestra vegetación, cuando nació y creció, lo hizo en zonas con un clima concreto, que ya no es lo que hay ahora. Con lo cual ahora la vegetación está mucho más estresada de lo que debería de estar, y eso le da mucha más potencia al incendio, que encima lo hace con un clima mucho más cálido. Todo se retroalimenta. Este proceso es el mismo que estamos viendo en todo el planeta: una oleada de cambios que recorre los diferentes ecosistemas. Y no nos podemos escapar. La buena noticia es que, superada la oleada de cambio, los nuevos ecosistemas que habrán nacido estarán mucho mejor adaptados a las nuevas condiciones. Es como un proceso tecnológico: cuando una nueva tecnología irrumpe, la economía tiene que adaptarse, y hay gente que se queda afuera del cambio porque no se adapta a la revolución tecnológica. A nivel forestal lo que está pasando en estos momentos es esto.

¿Podría profundizar un poco más en este concepto de regeneración forestal resiliente? ¿Cuál sería un buen ejemplo de este proceso?

Los bosques que hay ahora en la zona andina, en el Mediterráneo, California o Australia, son ecosistemas – para el caso del Mediterráneo- que sufrían incendios ocasionales y adaptados a un calor de verano riguroso que duraba 20 o 30 días. Si había sequías se podían alargar hasta el otoño o empezar pronto en la primavera. En este momento estamos viviendo veranos que están teniendo 100 o 120 días de calor extremo, lo cual está generando un estrés muy importante. Y esto favorece estos incendios. Los bosques que se adaptan a estas condiciones son mucho menos cargados de combustibles: hay un cambio de especies y una “sabanización” de esos ecosistemas. Esos son los cambios que vamos a ver. En la realidad de Sudamérica las zonas forestales tendrán que subir más arriba, y las zonas de matorral y de bosque abierto se van a generalizar mucho más. En breve saldrán publicados estudios científicos con hallazgos relevantes sobre los incendios con foco en California, Australia, Sudáfrica y la Amazonia, pero los incendios de Argentina y Chile están capturando la atención de la ciencia.

Dada su experiencia operativa como bombero forestal, ¿qué opina de las críticas al manejo del fuego con el agua en Argentina? Se cayó un helicóptero en Neuquén y no alcanzan los aviones hidrantes. ¿Cuál sería la solución? ¿Comprar más aviones Canadiar CL-215 o es mejor contar con los rusos Beriev Be-200?

Ni una cosa ni la otra, porque cuando la intensidad del incendio supera los 10 mil kilovoltios/metro los medios de extinción no tienen la capacidad de marcar la diferencia y es necesario incorporar estrategia. Debemos superar el concepto de apagar incendios a base de medios, hay que apagar incendios con táctica y estrategia, es decir, con planificación. Saber en qué momento, en qué lugar y durante cuánto tiempo podemos estar operando para marcar una diferencia, y saber qué es lo que tenemos que dejar que se queme para evitar que se queme una zona que queremos proteger. No tenemos esa capacidad de imponer nuestro deseo sobre el incendio, no se lo puede superar, apenas abordarlo táctica y estratégicamente. Eso implica hacer un cambio, invertir en la inteligencia y aprovechar los momentos débiles del incendio y apartarte en los momentos fuertes del incendio. El planteo de los años 1960-80, eso de decir “con tecnología y medios lo vamos a dominar”, no va más: hay que reconocer que globalmente hemos perdido ese partido y humildemente aceptar que debemos entablar una relación de tú-a-tú con la naturaleza. No nos podemos enfrentar a los cambios, tenemos que acompañar ese cambio. Y eso no lo pueden hacer ni los americanos, ni los europeos ni nadie: todos, cuando los incendios superan los 10 mil kilovoltios/metro de intensidad, tenemos que echar un paso atrás, no hay capacidad de extinción. Políticamente, podemos invertir en súper aviones: no van a marcar la diferencia, pero sí se van a comer todos los recursos económicos. Hay que invertir en gestión forestal: no en el equipo que lleva el bombero, sino la capacidad de decidir y analizar de ese bombero. Hay que invertir en la cabeza del bombero, no en el casco que va encima. Eso es lo único que nos puede ayudar a transitar este momento de cambio con una mínima capacidad, no de éxito, sino de tener una influencia sobre el resultado final.

¿Qué sería, concretamente, invertir en la cabeza del bombero y no en el casco?

Formar a ese bombero en toma de decisiones, en análisis, en saber leer ese incendio. El bombero tiene que tener la capacidad de preguntarse: “¿qué es lo que quiere hacer el incendio y qué es lo que puede hacer el incendio?” La diferencia entre lo que quiere y lo que puede hacer el incendio es su debilidad, y la oportunidad del bombero para intentar aplicar una táctica, pero no cualquier táctica: cada momento del incendio requiere una herramienta diferente, entonces el bombero tiene que estar capacitado para trabajar diferentes tácticas en ese lugar. Pero eso es apenas una parte de todo el proceso.

¿Qué más hay que hacer?

La otra parte es que como sociedad tenemos que entender el riesgo y el potencial de estos incendios, con lo cual tenemos que tener una capacidad de aceptar las decisiones: en un accidente automovilístico de múltiples víctimas, lo que hace un bombero que atiende la emergencia es seleccionar a las víctimas por posibilidad de supervivencia. En estos momentos, a nivel forestal tenemos que abandonar la idea de pedir medios para apagar incendios y seleccionar el potencial del incendio por la capacidad de extinción que tenemos. Eso implica dibujar escenarios estratégicos, planificar a largo plazo lo que el incendio va a hacer, y cuál va a ser la diferencia que podemos marcar nosotros. Las imágenes satelitales son una herramienta, pero si el bombero no es un analista no hay capacidad de trabajar en eso. Ese concepto del bombero como un peón forestal está caduco. Hay que subir ese conocimiento y esa toma de decisiones. Tiene mucha más capacidad de influencia un bombero bien formado que 200 bomberos mal formados y 50 aviones.

¿Qué tiene que decidir el bombero capacitado?

La diferencia entre saber dónde hay que apretar y dónde hay que ceder es la clave en ese proceso, y no podemos seguir planteándonos enfrentarnos a estos incendios forestales de estas magnitudes simplemente con acumular medios. Esto es un poco parecido a lo que pasó entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda con las ametralladoras, y ver quién llegaba primero a la próxima trinchera. En la Segunda Guerra ya no alcanzaba con miles de soldados, había que aprovechar la tecnología disponible y utilizar la inteligencia y preparar el escenario. El mundo de los incendios está pasando de esa carrera armamentística de acumular recursos para luchar contra las llamas a tener inteligencia para luchar contra esas llamas. Pero tener inteligencia implica tener que escoger, y tener que escoger es un tema no solo de los bomberos sino de la sociedad: de cuáles son los valores que priorizamos, y de entender que hay cosas que no las podemos defender, a menos que invirtamos en gestión previa.

¿Cuál es la situación hoy en España? En Grecia los incendios arrasaron con un 12% de la superficie forestal del país solamente el año pasado.

En España se está haciendo el cambio en el cuerpo y en la maniobra basado en los recursos a un cuerpo táctico y estratégico. El verano pasado en España podría haber sido catastrófico, pero básicamente tuvimos el incendio de Ávila que fue grande y el de Sierra Bermeja. En Cataluña tuvimos un incendio de mil y pico de hectáreas, pero comparado con las campañas de hace 30 años van muy bien. Eso no niega el hecho de que, aunque tengamos menos incendios forestales que podamos catalogar como “grandes”, sí tenemos más intensidad. Estamos inmersos en el mismo proceso que el resto del planeta. Ahora tenemos la capacidad de gestionarlos con estrategia, de darles un territorio para correr y preparar dónde los vamos a limitar, pero ese proceso se aguanta con mucha debilidad porque necesitamos invertir mucho más en gestionar ese territorio. Nuestro problema, a diferencia de otras partes del mundo, es que cuando creamos el cuerpo de bomberos en Cataluña teníamos un 30% de masa forestal, ahora tenemos un 70%. Se nos ha duplicado el territorio con capacidad de arder, al mismo tiempo que se nos ha duplicado la población que vive dentro de esa masa forestal. Con lo cual, si tu miras año a año puedes hacer la lectura de que vamos bien, pero si miras en perspectiva tenemos que mejorar para evitar entrar en una situación al estilo californiano o de Grecia en 2017.

Estos nuevos incendios son catalogados como de “sexta generación”, ya que tienen la máxima cantidad de combustible y se encuentran con atmósferas radicalmente calientes e inestables; ecosistemas estresados, que no soportan más el espacio en que viven y necesitan cambiar. En estos casos, el incendio altera y controla la atmósfera y al ecosistema, y no al revés, lo cual puede derivar en “pyrocumulonimbus” “tormentas de fuego”, que provocan la expansión de los incendios a una velocidad sostenida muy alta (de 7 kilómetros por hora. Antes eran la excepción, ¿ahora son la norma?

Sí. En Argentina los hemos detectado el año pasado en El Bolsón, y este año ya lo hemos visto en Chile. En Bolivia la primera vez lo vimos hacerlo en cinco veces, pero en Australia lo vimos por todos lados y en California en cada uno de los incendios. En Cataluña el verano pasado cada uno de los siete incendios importantes ha hecho el pyrocumulonimbus. Esta situación, que nos sorprendió en el 2017, ahora es la norma, y confirma la tendencia que habíamos marcado. Ahora tenemos más conocimientos sobre esos fenómenos, pero todavía no tenemos capacidad de simularlos. Yo creería que en los próximos dos años saldrán modelos que definitivamente lo van a facilitar, pero el proceso de cómo el incendio interacciona con la atmósfera, y cómo esa interacción fabrica una atmósfera diferente que va a acelerar este incendio, es un proceso que ya es lo normal en la mayor parte de las situaciones de incendios que tenemos.

¿Cómo impacta el fenómeno de El Niño y La Niña en estos casos?

Para ustedes marca las sequías largas, que son las que dirigen esas campañas, como las que están teniendo este año. A nosotros nos impacta la oscilación del Atlántico Norte, que es un fenómeno diferente pero también marca las sequías duraderas que se van alternando cíclicamente. Evidentemente, son la base de fondo del régimen de incendios. Lo que sí es cierto es que el proceso de cambio climático, sumado a esa oscilación de Niño o Niña, está haciendo que cada década que venga un proceso de sequía sea más largo o más intenso y más agudo. Son dos procesos que se van sumando.

Hay un proceso de “sabanización” en los bosques históricamente húmedos de nuestra región. ¿Qué podemos esperar de una selva amazónica más seca en los próximos años? Ya estamos cerca de un punto de no retorno. ¿Cómo afectaría esto a la intensidad de los incendios río abajo, ya sea en Argentina, Bolivia o Paraguay?

Está claro que ese es el proceso, y que la selva húmeda está cediendo paso a una zona más seca, el Chaco se está expandiendo. Una cosa sí hay que tenerla clara: un cambio de ecosistema a otro es un proceso de cambio de máxima intensidad. Pasado el momento de cambio, la intensidad se reduce y produce menos combustible, con lo cual tiene menos energía acumulada, y eventualmente se estabiliza. Los ecosistemas secos se queman con mayor facilidad, pero tienen menos combustibles. A los ecosistemas húmedos les cuesta mucho más quemar, pero acumulan más combustible, por eso en el momento en que se secan producen mucha más energía.

Entonces tendríamos que ir pensando en adaptarnos a un contexto de más incendios pero menos intensos…

A largo plazo, sí. Pero mientras no llegamos a eso vamos a pasar por una oleada de incendios grandes muy intensos, que es lo que estamos viviendo ahora.

Entrevista realizada por el sociólogo y periodista Julián Reingold

Fuente: eldiplo.org

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