El trabajo infantil y la desnutrición son dos de los ejes del nuevo informe del equipo del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), en base a la encuesta que realizan cada año y cuyas conclusiones fueron presentadas ayer.
El relevamiento de cómo los niños atravesaron el 2018 muestra que el déficit general que genera la crisis económica a ellos les pega -literalmente- en el cuerpo.
Por un lado, la cifra de inseguridad alimentaria pasó, en un año, de 21,7% a 29,3%. Es decir que hay más hogares en los que, por falta de dinero, se redujo la dieta alimentaria de los últimos doce meses.
En el 13% de los casos (contra el 9,6% de 2017), los consultados expresaron que en su hogar los chicos habían sufrido “inseguridad alimentaria severa”.
Con un contexto inflacionario y recesivo, 2018 mostró un crecimiento alarmante en indicadores que tienen tendencia a la alza también este año, ante el aumento de precios y de la desocupación.
En los primeros datos que se publicaron en abril último ya se alertaba que el aumento de la pobreza en el país “afecta de modo particular a las infancias” y se plasma “con crudeza” en el incremento de las privaciones alimenticias. El informe del Barómetro de Deuda Social de la Infancia de la UCA expone además que más de la mitad de los adolescentes y niños que viven en la pobreza: el 51,7%, que incluye el 10,2% de indigentes.
El otro dato preocupante en la radiografía es el trabajo infantil. Tras una tendencia a la baja en el período 2010-2017, las cifras mostraron, el año pasado, un comportamiento nuevo: el trabajo infantil bajó en el sector “bajo” y creció en el “medio” y “medio-alto”. El promedio resulta en un aumento, con lo que el 12% de los chicos de 5 a 17 años que trabajaba en 2017 se convirtió en 15,5% en 2018.

A destiempo
En un encuentro para periodistas, Ianina Tuñón, Investigadora Responsable del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, adelantó la investigación del Observatorio de la UCA. “Cuando los adultos no tienen trabajo, los chicos tampoco. Ante la falta de trabajo informal y changas, en los sectores más pobres el trabajo infantil bajó. La clase media, en cambio, sale a defender sus recursos con su propia fuente, o sea, su familia, en lugar de tomar empleados”, dijo Tuñón.
Suele haber consenso en repudiar el trabajo infantil dentro del mercado, pero frente al trabajo infantil doméstico, la opinión se pone más laxa. ¿Cómo se evalúa que los chicos realicen tareas del hogar?
Según Gustavo Ponce, experto en prevención y erradicación del trabajo infantil para la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de Argentina, “una cosa es que un varón o una niña de 10 u 11 años tienda su cama o ayude a poner la mesa. Otra cosa es un niño que vaya a la casa de un tercero a realizar esas tareas o que termine haciéndose cargo de sus hermanos menores por falta de oferta de centros de cuidado. Es decir, que les haga la comida, limpie, los lleve a un centro de salud… esto sin contar el problema de los accidentes domésticos, que terminan afectándolos a ellos”.
“Las cifras oficiales indican que el 10% de los chicos de 5 a 15 años realizan estas tareas. Es una cifra alta… el trabajo infantil no incorpora la cultura del trabajo sino que desplaza a la niñez”, evaluó Ponce.
En diez años creció 28% la oferta de jardines de infantes, pero aún hay muchas desigualdades.
El desglose del informe por estrato socioeconómico muestra que mientras en el sector “muy bajo” hubo una suba del trabajo infantil (de 17,4% en 2017 a 19,5% en 2018), en el sector “bajo” se sostuvo un descenso desde 2011, cuando la cifra que ahora está en 13,8% superaba el 25%. A la vez, en la clase media la suba fue notable: en el sector “medio”, el salto interanual 2017-2018 fue de 10,4% a 18,5%. En el “medio-alto”, de 6,3% a 11,1%.
Si bien a los 16 arranca la edad “legal” para empezar a trabajar, los expertos del Observatorio de la UCA evalúan el fenómeno del trabajo infantil incluyendo a los adolescentes de 17 años, porque contemplan “la tensión que el trabajo supone con la terminación de la educación secundaria obligatoria en el país”. Es lógico: al menos un cuarto de los jóvenes argentinos no termina la escuela secundaria.
De la desnutrición al sobrepeso y la obesidad, el problema de la mala alimentación infantil parece haberse vuelto ingobernable. “El riesgo alimentario de la infancia se incrementó en el último período interanual, 2017-2018, en un 35%”.

fuente: elterritorio.com.ar