“Acá al Obispo lo persiguen, a los curas los cuestionan, en cualquier momento nos van a matar”, escribió el franciscano Carlos Murias en una carta poco antes de su martirio, junto a otro sacerdote y a un laico. Los cuatro fueron muertos por la dictadura, entre julio y agosto de 1976.

La ceremonia de beatificación de los llamados “Mártires de La Rioja” empieza este sábado 27 de abril a las 10 de la mañana en el Parque de la Ciudad, en la capital riojana.

En junio de 2018, el papa Francisco había declarados mártires a monseñor Enrique Angelelli, a los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias y al laico Wenceslao Pedernera y decidió su beatificación.

Como es de rigor, un enviado vaticano presidirá la ceremonia: el cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos y delegado del papa Francisco para la ocasión.

“Son verdaderos mártires -dijo Becciu a la agencia Telam-, de una época en la que la Iglesia, inmediatamente después del Concilio Vaticano II, tomó conciencia de que no se podía permanecer en silencio de frente a las injusticias sociales o a los grupos de poder que se garantizaban la existencia”.

Y definió a los cuatro mártires riojanos como “hombres que con coraje supieron defender los derechos de los pobres a costo de ir contra los intereses de los latifundistas de la región”.

“En esa época, agregó, los obispos católicos, especialmente latinoamericanos, tomaron impulso de los documentos conciliares para ponerse en primera línea en el defender los derechos de las clases menos favorecidas y para fomentar que los cristianos se empeñen más en el campo social”.

Desde el viernes, el obispado de La Rioja ha instalado 4 carpas en la plaza 25 de Mayo, una por cada mártir, y ha organizado una variedad de actividades a la espera de la gran ceremonia.

Como lo señala Gabriela Peña en el libro Los mártires riojanos. Apasionados por el amor la justicia y la paz (Claretiana, 2019), los cuatro próximos beatos representan “las diferentes formas de vida cristiana”, por tratarse de un obispo, un cura secular, un sacerdote regular (franciscano) y un laico.

Ninguno de ellos era oriundo de La Rioja: Angelelli y Murias eran cordobeses, Longueville, un misionero francés radicado en Argentina desde 1970, y Pedernera había nacido en San Luis. El destino los reunió en esa provincia del noroeste argentino, donde el Obispo Angelelli, como lo señaló Becciu, hacía realidad los postulados del Concilio Vaticano II, del que había participado, en especial en el acompañamiento a los más postergados y en la lucha contra las injusticias de todo tipo. El proyecto y el ejemplo de Angelelli operaron como un foco de atracción para muchos que querían vivir realmente su compromiso.

El martirio

El 18 de julio de 1976 un grupo de hombres que dijo pertenecer a la Policía Federal golpeó la puerta de una residencia de religiosas de la Parroquia de Chamical que pastoreaba Longueville, y dijeron que se llevarían a Carlos Murias para un interrogatorio. El padre Gabriel se negó a dejarlo ir solo. Ambos buscaron sus documentos y partieron con sus verdugos, no sin sospechar que algo malo podía pasar: “Si mañana no volvemos, avisenle al Obispo (Angelelli) y busquennos”.

También Angelelli era consciente de lo difícil de la situación. En una carta fechada el 5 de julio de 1976, apenas unos días antes del secuestro de los sacerdotes, le escribía al nuncio apostólico de entonces, monseñor Pío Laghi: “Estamos permanentemente obstaculizados para cumplir la misión de la Iglesia. Personalmente los sacerdotes y las religiosas somos humillados, requisados y allanados por la policía con orden del ejército. Ya no es fácil hacer una reunión con los catequistas, con los sacerdotes, con las religiosas. Las celebraciones patronales son impedidas y obstaculizadas. El jefe de policía, al “demorar” a seis religiosas (…) públicamente les dijo que eran sospechadas y que el mayor ideólogo marxista era el obispo (¡ridículo!). Pero hasta eso llegamos. Me aconsejan que se lo diga: nuevamente he sido amenazado de muerte. Al Señor y a María me encomiendo. Solo se lo digo para que lo sepa. (…) Nuestra cárcel está repleta de detenidos. Personas honorables, padres de familia, gente sencilla, están dentro, muchos de ellos por el sólo ‘delito’ de ser miembros fieles y conscientes de la iglesia” [carta citada por Gabriela Peña en el libro antes mencionado].

Dos días después de su secuestro, los cuerpos de Longueville y Murias fueron hallados cerca de una vía de ferrocarril, a unos 5 kilómetros de la ciudad. Tenían signos de tortura y habían sido fusilados. Golpeado por la noticia, el obispo Angelelli empezó a preparar los funerales de sus sacerdotes.

Una semana después del doble crimen, en otra localidad riojana, Sañogasta, en el hogar de una humilde familia -matrimonio y tres hijas pequeñas- se oyeron fuertes golpes en la puerta en plena madrugada. Wenceslao Pedernera, un laico muy activo en la Iglesia, fue a abrir y tres hombres encapuchados, sin mediar palabra, le dispararon. Pedernera murió poco después en el hospital de Chilecito.

A comoienzos de agosto, el obispo Angelelli decidió viajar personalmente al Chamical para averiguar todo lo posible sobre el crimen de los dos sacerdotes. Se llevó un maletín en el cual pensaba traer toda la documentación que pudiera recabar sobre el doble crimen y que cabía debajo del asiento del conductor como precaución por si debía pasar un control policial al regreso.

En Chamical, presidió una misa de cuerpo presente para los dos sacerdotes asesinados y decidió permanecer unos días allí para acompañar a la comunidad. A otro franciscano, Miguel Ángel López, le entregó copia de la información sobre lo ocurrido y le pidió que la hiciera llegar a Roma. En La Rioja Angelelli estaba muy aislado y seguramente intuía que no podía hacer avanzar la investigación.

Reunido con sus colaboradores en Chamical y ante la sugerencia de éstos, una vez más se negó a irse de la provincia pese al peligro que corría.

El 4 de agosto, después del mediodía, emprendió el regreso a la capital riojana, acompañado del padre Arturo Pinto. A seis kilómetros del paraje Punta de los Llanos, otro automóvil les hizo una encerrona y el auto del obispo volcó: Angelelli murió en el acto al dar su cabeza contra el asfalto y el padre Pinto quedó gravemente herido.

Ninguno de los allegados al Obispo creyó en la versión oficial de la época de que se había tratado de un accidente. Años más tarde, en 2014, la justicia dictaminó que había sido intencional y premeditado y condenó a los responsables.

El 6 de agosto tuvo lugar el sepelio de Angelelli. Más de una decena de obispos se hicieron presentes en la capital riojana, entre ellos el presidente de la Conferencia Episcopal monseñor Raúl Primatesta y el nuncio Pío Laghi.

Ahora, a casi 43 años de esos acontecimientos, nuevamente la jerarquía eclesiástica y muchos sacerdotes, religiosos, laicos y vecinos en general, se unirán para rendir homenaje a su obispo mártir y a los otros tres beatos que serán consagrados junto con él.

Los mártires

Enrique Angelelli nació en Córdoba el 17 de julio de 1923 y fue ordenado sacerdote el 9 de octubre de 1949. En 1960, fue nombrado obispo auxiliar de Córdoba. Y en 1968, a los 45 años, asumió como titular de la Diócesis de la Rioja.

Angelelli fue un sacerdote de gran compromiso social. Como obispo, se involucró en la creación de sindicatos de mineros, trabajadores rurales y de domésticas, y en la organización de cooperativas de trabajo -telares, fábricas de ladrillos, panaderías y de labores agrícolas, con el fin de promover el desarrollo de comunidades muy pobres de La Rioja.

Era uno de esos pastores con vocación por servir en “las periferias geográficas y existenciales”, de las que tanto habla el papa Francisco. El año pasado, el pontífice argentino reconoció oficialmente que la muerte de Enrique Angelelli tuvo el carácter de “martirio en odio de la fe”, por lo que determinó su beatificación.

El fraile Martín Bitzer, vicepostulador de la causa de beatificación de los mártires riojanos, dijo que monseñor Angelelli “no fue un obispo de confrontación, no fue un obispo de conflictividades, sino que fue un obispo que descubre la verdad en el Concilio Vaticano II” y que “nunca dejó de tener gestos paternales, aún para aquellos que lo descalificaban de una manera grosera y también bastante dolorosa”.

“En ningún momento, en ninguna homilía, monseñor Angelelli llamó a la violencia, ni a las armas”, aseguró y aclaró que los grupos armados, como Montoneros o Ejército Revolucionario del Pueblo, nunca fueron avalados por el obispo en su prédica.

El fraile franciscano Carlos de Dios Murias era cordobés, nacido en 1945. Había conocido a Enrique Angelelli mientras estudiaba en el Liceo Militar General Paz de Córdoba, cuando el futuro obispo de La Rioja era consejero de las Juventudes Obreras Católicas. Inició estudios de Ingeniería pero luego los abandonó para ingresar a la orden franciscana. Fue ordenado en 1972. Luego de una temporada en una parroquia en barrios carenciados de José León Suárez, pidió a sus sus superiores autorización para trasladarse a la La Rioja a fin de colaborar con el obispo Angelelli, lo que logró en 1975.

Murias y el presbítero francés Gabriel Longueville fueron nombrados por Angelelli respectivamente como vicario y párroco en Chamical, un pequeño pueblo de agricultores.

Al producirse el golpe de Estado de 1976, Murias empezó a recibir “advertencias” y citaciones del Ejército, del tipo “la tuya no es la Iglesia en la que creemos”. A las que él replicaba en sus homilías: “Podrán callar la voz de este sacerdote. Podrán callar la voz del obispo, pero nunca podrán callar la voz del Evangelio”.

Gabriel Longueville nació en Étables, Francia, en 1931. Estudió filosofía y teología en su país, donde fue ordenado sacerdote en 1957. Luego se sumó al Comité Episcopal Francia-América Latina, que forma a los misioneros. Luego de un año en México, trabajando con comunidades indígenas, llegó a Corrientes en 1970 y en 1971 se sumó a la diócesis de La Rioja, donde se hizo cargo de la parroquia de El Chamical.

El mártir laico, Wenceslao Pedernera, era un hombre humilde, originario de San Luis, que se había mudado en 1973 a La Rioja junto a su esposa para participar en proyectos de cooperativas. Con sus tres hijas, se instalaron en Sañogasta, donde pronto fueron convocados por el párroco, Andrés Seriec, y se involucraron mucho en todas las actividades de la Iglesia, tanto litúrgicas, como de asistencia social y de trabajo comunitario.

Al anunciar las actividades que tendrán lugar en torno a la beatificación, el actual obispo de La Rioja, monseñor Dante Braida, dijo: “Hacemos todo esto el objetivo de que se conozca más y mejor a los cuatro mártires y sobre todo descubrir qué mensajes tienen ellos para nuestro tiempo”.

fuente: infobae