La grieta es tanto la estrategia electoral del macrismo, que encontró en ella la forma de ganar elecciones y gobernar desde una minoría, como el signo de una época: la etapa del poscrecimiento y la estanflación, de la eterna repetición de los mismos problemas, las mismas discusiones. Aquí un fragmento del libro que Capital Intelectual publicará en mayo.

¿Es esta grieta una prolongación de la misma que según la divulgación histórica atraviesa la Historia Nacional (unitarios-federales, radicales-conservadores, peronistas-antiperonistas)? La respuesta, quizás, sea doble. Sí lo es, en el sentido que la actual oposición entre kirchneristas y macristas remite, simbólicamente, a esa misma “línea” histórica. Y no lo es, porque la grieta cada vez es más una cuestión simbólica, un artefacto cultural, en lugar de la realidad empírica de la confrontación entre dos visiones y proyectos para la Argentina.

Hasta 2008, el kirchnerismo fue centralmente unificador y consensual. Haciendo pie en las reivindicaciones políticas de la clase media estragada económicamente por el corralito y políticamente por el menemismo y la Alianza, el Néstor Kirchner de la poscrisis se dedicó esencialmente a reparar. Y a hacer realidad mediante diferentes herramientas (la transversalidad, la concertación plural, etc.) la alianza entre peronismo y progresismo, la traducción política del “piquete y cacerola”. Un “país normal” conducido por izquierda por el Partido del Orden, en el que sólo quedaban afuera los Cecilia Pando, las versiones extremas y caricaturales de la “reacción” argentina. La respuesta de Kirchner frente a las movilizaciones convocadas por Juan Carlos Blumberg y la agenda de “la inseguridad” (única versión con movilización callejera de oposición a la agenda del kirchnerismo) es en este sentido característica. Concesiva y contenedora a la vez, el esquema político de diferenciación en las ideas pero contención en la política de esta “protesta social” es una pieza ejemplar de sutileza política, que neutralizó en la práctica su crecimiento político.

El conflicto con el campo, al cuestionar directamente los fundamentals del modelo político y su modelo distributivo, funcionó como una gran precuela de la actual grieta, su lejano big bang. Involucró a todos los sectores productivos del país (productores, sindicatos) en una discusión sobre el núcleo de lo que constituía el modelo argentino en los 2000 de boom de commodities + redistribución estatal de sus beneficios: el gran debate nacional sobre los usos del crecimiento. En definitiva, una pelea política que tenía sentido, en el marco de una economía aún en expansión, entre sectores igualmente empoderados. El conflicto funcionando como un dinamizador social y no como una sustitución semiótica de la improductividad política. La etapa productiva de la grieta.

La opción de emergencia de recostarse sobre “la base”, vistas la mala gestión gubernamental del conflicto y del resultado “no positivo”, parecía obligatoria. Pero es posible observar en este punto que, luego de la derrota electoral de 2009, cuando Néstor Kirchner perdió en la provincia de Buenos Aires, el kirchnerismo salió a jugar ampliando el campo de batalla con temas y agenda de consenso. Temas nacionales. La Asignación Universal por Hijo, la estatización de los fondos de pensión, inclusive algunos aspectos de la Ley de Medios galvanizaron el campo propio más que el rival. La recuperación política se dio por afuera de la minoría intensa. Hasta llegar al 54%.

• • •

Luego fue tomando forma una nueva forma de grieta, distinta sustancialmente de la anterior, aun cuando es estéticamente similar. Es la grieta como forma de gobierno. La “grieta de Estado”. Y la única política con continuidad perfecta existente en la Argentina hasta la actualidad.

No casualmente, esta coincide con el período del fin definitivo del crecimiento a tasas chinas, de los superávits gemelos, la inflación controlada y todos los greatest hits de los 2000, ante la ausencia de una agenda económica y social consistente en reemplazo del viejo modelo. La nueva Argentina del poscrecimiento y de la estanflación crónica hará sistema perfecto con este esquema de gobernabilidad “polarizada”, como si existiese entre ambas una relación de necesariedad. Una inflación verbal que aumenta a medida que desciende la calidad de vida en el resto de los indicadores de la vida real de los argentinos. El modelo político del lustro perdido de 2012-2016. La incapacidad de las elites argentinas, de izquierdas y derechas, de construir algún proyecto de futuro. La grieta improductiva.

¿Qué piensa un funcionario internacional cuando ve llegar a un argentino? En los últimos diez años nuestro país se vio obligado a recurrir a diversas fuentes de financiamiento para compensar la caída de sus exportaciones. Como apuntó con claridad el economista Leandro Mora Alfonsín: “el vigente período de restricción externa iniciado en 2011/12, tras romper récords históricos de producción y crecimiento, deja un sabor en el paladar a oportunidad perdida difícil de tapar con el gusto a látex de globos de colores” (1).

Con la remera del Che o la de Milton Friedman, con patio militante o equipo homogeneizado, la Argentina agotó todas las instancias mundiales para paliar su falta de dólares: Venezuela, el nacional cepo, el SWAP con China, Rusia, los “mercados” libres y finalmente el viejo y conocido Fondo Monetario Internacional. La pirotecnia de la guerra entre cristinistas y macristas tapa esta línea de continuidad: el precario consenso de una Argentina que juega un yenga interminable con sus problemas estructurales. La crisis toma entonces una forma diferente al tradicional trípode nacional de mega devaluación-ajuste-represión. Se eterniza en un ciclo que hace difícil verle el contorno. Es como las guerras modernas, que no se declaran al principio ni tampoco se sabe bien cuando terminan. ¿Hay crisis en Argentina? ¿Hay guerra en Afganistán? Es ya, tal vez, una forma de vida: microajuste infinito y depresión.

• • •

El macrismo supo ser en la oposición un beneficiario directo de este modelo. Construido por el kirchnerismo como su antagonista excluyente, el armado de Cambiemos tuvo una estrategia simple y ganadora: construir un dique por el cual la sociedad expresaría la voluntad de cambio en la segunda vuelta. “El Partido del Ballotage”, lo llamó el periodista Ignacio Zuleta, haciendo foco en este dato central. De alguna forma, esta ingeniería electoral es la traducción institucional del modelo de la grieta. No hacen falta alianzas con otros sectores ni grandes coaliciones mas allá de las mínimas que permitan despejar la cancha para llegar a la segunda vuelta. Luego, el ballotage hace el resto. Como esos equipos de Menotti que tiraban sistemáticamente el offside, abusando al límite del reglamento y de la táctica.

La paradoja del oficialismo hoy es que este esquema de gobierno de minorías intensas, polarización y ballotages pareciera funcionar mucho mejor electoralmente para las oposiciones que para los gobiernos. Las derrotas del kirchnerismo en 2009, 2013 y 2015 así parecerían demostrarlo. Además, claro, de la imposibilidad de establecer bajo este modelo un programa serio y coherente de salida gradual del estancamiento, que necesita de alguna forma del vituperado “pacto social” para salir adelante. Y sin embargo, la “grieta total”, que parece ser la elección política del macrismo para este 2019, comporta riesgos más profundos que los electorales, que en la versión cristinista se encontraban más matizados. Y más importantes que el resultado de una elección.

Polarizar la sociedad para ganar una elección, tal la táctica del gobierno. Podrá pensarse que es hipócrita, pero en la Argentina del 32% de pobres apostar todo a la división final es mucho más peligroso para el Newman que para el Nacional Buenos Aires. El peronismo y la izquierda contaron siempre, incluso en el marco de programas de ajuste real del salario, con cierto “blindaje” cultural en relación a sus orígenes e intereses de clase, además de organizaciones sociales y sindicales que en el peor de los casos funcionaban como vallas de contención políticas del conflicto social. En cambio, la homogeneidad sociológica del PRO –“el gobierno de los ricos”– no cuenta con dicha protección, y corre el severo riesgo de superponer la fractura política que promueve por sobre la fractura social argentina que lo antecede. Una gran zanja económica además de política, agravada por un creciente populismo punitorio y por la pérdida del tabú en lo que refiere a la represión de la protesta social.

Manejar este escenario supone además una lógica de la intensidad que convive mal con otro aspecto del ethos macrista: la “desdramatización”, esa otra promesa incumplida de campaña. La batalla cultural que alimenta la grieta debe vivirse integralmente, conlleva interpretar hasta un córner con las categorías del kirchnerismo-antikirchnerismo. Exige una movilización perpetua, una calle enardecida, un tuiterismo yihadista. No es de 9 a 19 hs., ni convive con las reglas laborales corporativas ni con los horarios de oficina. Es un viaje de ida, diría la publicidad noventista, resistir con aguante.

• • •

Más allá de la agenda electoral, la cuestión estratégica se impone. ¿Qué viene después de esta década perdida, la de la restricción externa? ¿Cómo y con qué modelo político se vuelve a crecer? No parece ser algo que un hipotético “estallido” pueda esta vez resolver solo, en ese gran reseteo cruel que son las crisis argentinas. Existe hoy un agravante hacia el futuro: los estallidos de 1989 y 2001 se dieron antes del amanecer de dos versiones del mundo favorables a la Argentina, o que al menos aseguraban alguna modalidad de lluvia de dólares a la economía; las privatizaciones y la inversión extranjera directa del Consenso de Washington, y el boom de commodities de los años 2000. Ambos esquemas permitieron tener dólares. Pero la política se encuentra hoy ante la necesidad de ser mucho más virtuosa e inteligente frente al estallido de una crisis en un mundo como el actual, sin conejos en la galera que sacar. La opción del FMI es, se sabe, siempre la última estación. El ejemplo de Brasil asoma en el horizonte, incluso porque un escenario de atomización política, crisis económica y presidentes del 3% de popularidad no parece sostenible en la jacobina sociedad argentina.

El liderazgo político nacional hace años que sobrerrepresenta a sus bases, eliminando así la posibilidad de construir un proyecto colectivo a futuro. Más que conducirlas, es conducido por ellas. El sueño cumplido del Partido de la Red, que pretendía simplemente funcionar como un reflejo de la sociedad. Un Hechizo de tiempo, la película en la que Bill Murray despertaba siempre en el mismo día, del estancamiento y la crisis. Podría pensarse que al no traicionar a sus minorías intensas, la política traiciona el más original mandato de gobernar. La grieta como subsidio a la mediocridad política, como atajo ante la falta de ideas.

• • •

¿Qué es el macrismo? El macrismo es la asunción pública del declive argentino, su consagración como una vía inevitable: el orden político más “natural” de la democracia de la desigualdad, el Partido del Orden que estaba esperando. El “realismo macrista” es el ethos de un tiempo mucho más preocupado por la viabilidad y el orden antes que por la justicia. Un orden sin progresismo, un liberalismo sin revolución educativa ni refundación institucional. Marxistas de derecha, creen en la inexorabilidad del sentido de la Historia. Su “si se puede” es en realidad un “No se puede”.

Más que refundacional, lo del PRO es un final. El fin de la Argentina como proyecto singular, su fusión definitiva en América Latina. La Patria Grande por otros medios. La ideología y práctica del declinismo. La renuncia a la creatividad y a cualquier utopía, el fin de la frontera: el desierto argentino que no existe más, o que si existe permutó de la estepa patagónica a la desolación de ese Conurbano peronista, compuesto del paisaje humano y urbano de la Argentina posindustrial, que sólo habrá que “gestionar” como a una volátil Franja de Gaza.

En ese ejercicio, el macrismo subestima la tremenda potencia que tiene la sociedad que gobierna, y de la cual hizo su propio fetiche de campaña. Una sociedad que aún sin medios materiales e inmersa en una estanflación espiritual se las arregla para ser, por ejemplo, el epicentro del movimiento de mujeres en Iberoamérica. Que todavía sostiene las más altas tasas de sindicalización de América Latina. Que libra una solitaria lucha cuerpo a cuerpo contra la decadencia. Y que compensa con creatividad lo que le falta en materialidad; el optimismo de la voluntad que se oculta bajo el pesimismo de la inteligencia.

1. Leandro Mora Alfonsín, “Es por Abajo”, http://www.panamarevista.com/es-por-abajo/

fuente: eldiplo.org