La expansión del precariado como nueva clase social no sólo modifica la economía y la vida cotidiana. También impone nuevos desafíos a la política, que con herramientas como la renta básica universal busca la forma de gobernar una sociedad fracturada.

En la Italia de mediados de la década del 70, vergel de la exploración teórica de la sociología de izquierdas realizada al calor de la experiencia del autonomismo obrero, el grupo Precari Nati, de aires anarquistas, y las publicaciones de la revista Camaradas, comenzaron a difundir el concepto de precariado, una mixtura feliz del clásico “proletariado” marxista con el incipiente trabajo precario. Todavía se vivía sin embargo en un panorama laboral constituido mayormente por la realidad taylorista típica de los años de la posguerra, que luego se llamarían (en una definición que dice mucho de lo que vino después) los “30 gloriosos”, las décadas del Estado de Bienestar y del fifty-fifty. Un mundo que no carecía de tensiones, alienaciones y explotaciones –magistralmente resumidas por Elio Petri en La clase obrera va al Paraíso–, pero que constituyó sin lugar a dudas el más alto estándar de vida que supo tener la clase trabajadora occidental en toda su historia. El Muro de Berlín seguía en pie, la amenaza del comunismo estaba todavía viva y el capitalismo sentía la respiración en la nuca de una clase obrera que siempre “iba por más”.

La crisis del petróleo corrió el telón de todas las debilidades y cuellos de botella del modelo keynesiano y parió los nuevos hijos políticos de la etapa: el reaganismo y el thatcherismo, creadores y protagonistas de una era que modificaría de manera sustancial y permanente la relación entre capital y trabajo, cuyo tono y sentido general se mantiene hasta hoy. Un capitalismo que descubre que el matrimonio del “consenso socialdemócrata” estaba saliendo demasiado caro, que lo asfixiaba, y que mejor pedir el divorcio. Un capitalismo que quiere independizarse del trabajo.

Se inició entonces un larguísimo “les hicieron creer” de casi 40 años, que comenzó con una deliberada búsqueda de bajar las expectativas de la poderosa clase trabajadora de los países centrales: una guerra popular y prolongada del capital contra el trabajo, en la cual la tecnología ocupó un lugar central. En su libro-manifiesto Capitalismo de plataformas (1), el canadiense Nick Srnicek analiza las etapas de esta transformación: a las sucesivas crisis económico-financieras (la del petróleo, la de las punto com, la más reciente de las subprime) les sigue una nueva y masiva reestructuración general: “nuevas tecnologías, nuevas formas organizacionales, nuevos modos de explotación, nuevos tipos de trabajo y nuevos mercados emergen para crear una nueva manera de acumular capital”.

Desde los 80 hasta la actualidad, el trabajo será entonces desregulado, flexibilizado, “liberado” de sus cadenas corporativas y sindicales, en un proceso sostenido a pesar de crisis, marchas y contramarchas. El boom tecnológico amplificó este proceso luego de la crisis del 2008, con la aparición y proliferación del “modelo Uber” y su impacto en la realidad laboral. En el capitalismo contemporáneo, el precariado –caracterizado por trabajos eventuales, contratos temporales y salarios bajos, y en donde el trabajo es barato, inseguro, inestable y la sobrecalificación abunda– va camino a ser la nueva norma.

Para el economista inglés de la Universidad de Cambridge Guy Standing (2), estamos ante la presencia de una mutación estructural de la vieja clase trabajadora: la aparición de una clase social del siglo XXI –sostiene– es un fenómeno análogo al surgimiento de la clase obrera en la Inglaterra del siglo XIX. Una nueva realidad global de viralización masiva que no respeta fronteras, retroalimentada por las características del nuevo capitalismo chino. Antes que Standing, el sociólogo francés Robert Castel había propuesto el término “exclusión” para hablar de una realidad subyacente en el mercado laboral de los 90: el desempleo. Años después, la generalización del precariado como modelo “natural” de empleo lo llevó a ampliar el diagnóstico y hablar del “fin de la sociedad salarial” organizada en torno al trabajo como valor principal (3). El polaco Zygmunt Bauman generalizará aun más la idea (4): en la era del precariado, no es solamente la vieja clase obrera la que está alcanzada por esta transformación. También la “vieja” clase media respira y vive “precarizadamente”, inmersa en la inseguridad laboral y la ansiedad que genera la aceleración del tiempo y el sesgo cognitivo cortoplacista de la nueva realidad cotidiana.

Así, la clase media y el proletariado empiezan a formar una nueva clase conjunta de bordes débiles y fronteras porosas. Como concluye Adoración Guamán, de la Universidad de Paris X- Nanterre, “lo interesante del concepto de precariado es que incluye en un mismo grupo a personas de todo el mundo, desde trabajadores de plantaciones a maquiladoras, trabajadoras/es rurales, mineros, riders, diseñadores web, kellys, cajeras/os de supermercado con tres masters, arquitectas precarias, investigadores con salarios de miseria y contratos temporales y desempleadas” (5). Una forma de existir colectiva que obliga a aceptar empleos disímiles y al desarrollo de potenciales diversos: la base material del monotributismo espiritual. Un mundo técnicamente más libre, pero más injusto e inseguro.

Si el trabajo ya no estructura sino que desestructura, si la “sociedad salarial” está en vías de extinción, si la clase se deconstruye y el individuo se reconstruye, una pregunta se impone: ¿cómo se gobierna esta nueva sociedad? O incluso más aun: ¿es gobernable la sociedad del precariado?

La política del precariado

La era del precariado modificó la práctica política. Amanece una nueva uberización de la política: solitarios candidatos con hiperpresencia en las redes sociales, un puñado de asesores y consultores y un escueto presupuesto inicial se lanzan a la aventura emprendorista rapiñando por los costados la clientela de los agotados partidos tradicionales. El precariado político ve a los grandes partidos como Glovo ve a la General Motors, como la cristalización de la etapa anterior, lentos transatlánticos que ya no pueden ponerse a tono con la velocidad del presente. El político-rappi puede prescindir de los costos de una gran infraestructura de cuadros, locales, presencia territorial y militantes, carencia que asume con entusiasmo. La política del capitalismo de plataformas. Los nuevos “ganadores” de la crisis de representación.

La crisis financiera del 2008 no sólo profundizó el modelo del precariado mediante la intensificación de la revolución tecnológica y el salto cualitativo en la nueva economía digital. También devastó a la amplia mayoría de los sistemas políticos occidentales, arrasando con bipartidismos, partidos políticos y liderazgos. Este huracán no sopló igual en todas las latitudes y hemisferios: no afectó a los modelos chino y ruso, por ejemplo, pero se cebó particularmente con las estructuras políticas hijas del “consenso socialdemócrata” de la posguerra. Fueron sobre todo los partidos y las fuerzas políticas creados en torno al viejo laborismo y a los sindicatos quienes sufrieron la destrucción de la crisis.

Durante décadas, las dirigencias partidarias socialdemócratas y progresistas se habían convencido de la necesidad de acompañar el ritmo de las reformas económicas de mercado, cristalizando un lento pero sostenido desplazamiento de la agenda económico-social a una agenda focalizada en los aspectos culturales e identitarios. En este marco, los ex partidos populares, desde el Partido Socialista francés al Partido Demócrata estadounidense, del Laborismo británico al Partido Socialdemócrata Alemán, adoptaron a veces un posibilismo culposo y resignado, en ocasiones un intenso fervor de converso. En el mundo en desarrollo, uno de los exponentes más visibles de esta transformación fue el peronismo menemista. En cualquier caso, la adaptación acrítica a la “marcha de la Historia” les permitió sobrevivir como maquinarias políticas, pero a costa de abandonar a su base electoral, los votos de la vieja clase obrera seducida y abandonada, hoy núcleo principal del electorado de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia o de Donald Trump en Estados Unidos. La crisis del laborismo como modelo de organización social y política pone a estas fuerzas ante el riesgo de la total obsolescencia.

El precariado se cobró así su más importante víctima política: si los partidos socialdemócratas traicionaron a la sociedad del Estado de Bienestar para sobrevivir, el precariado les demostró que también se estaban serruchando la rama que los sostenía. ¿Quién necesita una política socialdemócrata en una sociedad que ya dejó de serlo?

Por otro lado, la consolidación del modelo del precariado implicó un corrimiento conceptual de las políticas económicas a las políticas sociales, en la plena asunción de la imposibilidad de modificar de manera sustancial el curso de los acontecimientos económicos. Comienza a generalizarse, en este contexto, el uso de la palabra “gobernabilidad”, clave para justificar la gobernanza de la fractura social. La tecnología funciona como potenciador y a la vez como un garante de la irreversibilidad del proceso, que ya no depende exclusivamente de decisiones humanas sino cada vez más de sustitutos automatizados.

En este contexto, empiezan a buscarse opciones frente al desempleo y la universalización de la precariedad laboral; políticas que dejen de estar focalizadas en una clase líquida e indefinida y que se centren cada vez más en los individuos como sujetos de derechos. Una individualización de los derechos sociales, una de cuyas posibles expresiones es el seguro o renta básica universal, herramienta que garantizaría un “salario ciudadano” y evitaría las peores manifestaciones de la pobreza extrema. Sin embargo, y más allá de su notorio efecto positivo en lo inmediato, la pregunta política que subyace sigue siendo la misma: cómo se gobierna una sociedad fracturada.

La polarización laboral es extrema. Para aquellas personas incluidas en lo alto de la pirámide, el trabajo omnipresente es una bendición: 24 horas 7 días a la semana, con los imperativos de la adaptabilidad, la conectividad y el fin de la idea de “horario de trabajo”. Pero no importa, porque se trata de aquellas personas que disfrutan de su trabajo, que hacen lo que les gusta: ética protestante y espíritu del capitalismo, The sky is the limit. Para ellos, el mundo del deseo abierto y de lo ilimitado. En cambio, a los “descartados” –como los llama el papa Francisco, uno de los pocos líderes mundiales que aborda sistemáticamente la nueva problemática del mundo del trabajo– les toca la ética socialista: moderación, anti consumo, espíritu comunitario, “vivir con lo nuestro”.

Es curioso, pero con la renta básica universal como posible mecanismo para gobernar esta grieta el capitalismo recurre, como otras veces, a una técnica del socialismo realmente existente. La renta universal, bajo otras denominaciones y jergas, ya existió, y existe aún hoy en… La Habana. Un viejo chiste de la era de Brezhnev rezaba que el lema de los trabajadores en la Unión Soviética era: “Yo hago como que trabajo, el Estado hace como que nos pagan”. Y a decir verdad gran parte del trabajo en el socialismo tardío remitía a esa práctica: un seguro universal que no atrevía a decir su nombre. Sin embargo, y a pesar de que siempre existieron fuertes subculturas e identidades en el seno de las clases obreras de los países occidentales, esta posible fórmula a lo Hong Kong (un país, dos sistemas) sería una novedad: bajo las mismas condiciones del capitalismo globalizado y la precarización, trabajos deseados para algunos y empleos inestables –complementados con una renta básica universal– para otros. Pero, ¿cómo reconciliar las aspiraciones? ¿Cómo sostener “Enriqueceos” con una mano, y “Conformaos” con la otra? Para los primeros el futuro; para los segundos el puro presente.

Otros modelos, más colectivos, comienzan a emerger. La Confederación de los Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) es pionera en la organización de los descartados. Sucede en Argentina, la tierra donde, a decir de Martín Rodríguez, tirás una semilla y brota un sindicato. No se trata sólo del intento de construir un “sindicato de los trabajadores informales”: lleva implícita la voluntad de reconstruir los lazos y las solidaridades de clase perforados por el precariado. En términos leninistas, lograr la transformación de “una clase en sí” a una “clase para sí”. Una repolitización efectiva cuyo punto ciego es, sin embargo, el mismo que el modelo anterior, el del Estado de Bienestar de la posguerra: el Estado, todavía analógico, asume, en la perspectiva de enfoques como el que plantea la CTEP, el rol del patrón invisibilizado. ¿Como se le hace paro a una App?

Más allá de las intenciones, el Estado aparece como la única puerta de entrada de demandas que, por su propia debilidad en el nuevo mundo global, no puede procesar, en una dinámica que sólo horada más al sistema político en su conjunto. Por eso el Estado cambia de ventanilla: del Ministerio de Desarrollo Social al Ministerio de Seguridad, el siglo XXI asiste al comienzo de un punitivismo que en realidad sólo cristaliza la incapacidad creciente de la política para gobernar “por las buenas” la sociedad en la era del precariado.

1. Caja Negra, 2018.

2. El precariado, Pasado y Presente, 2013.

3. La metamorfosis de la cuestión social, Paidós, 1996.

4. Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, 2003.

5. Citado en “La era del precariado”, www.publico.es

fuente: eldiplo.org