¿Hay espacio político para una tercera opción, de preeminencia peronista pero abierta a otras fuerzas y figuras independientes, capaz de romper la polarización macrismo-kirchnerismo? ¿Podrá articularse un espacio que contenga a dirigentes como Roberto Lavagna y Sergio Massa, que se apoye en la fuerza territorial de los gobernadores del PJ y que al mismo tiempo incluya a outsiders con ganas como Facundo Manes y Matías Lammens, al socialismo santafesino y al radicalismo anti-macrista de Ricardo Alfonsín y Margarita Stolbizer?
En los papeles, sí. Las encuestas muestran que los dos polos que protagonizan la discusión política son minorías intensas de alrededor del 25/30 por ciento de la población, lo que dejaría vacante un espacio del 40/50 por ciento de los votantes, suficiente para construir una alternativa teóricamente competitiva. A este grupo de ni-ni se suman además quienes se mantienen dentro del macrismo y el kirchnerismo más por rechazo al otro extremo que por una adhesión franca, fronteras blandas de ambos universos que teóricamente podrían emigrar a una tercera alternativa que muestre decisión y sex appeal. Los empresarios que mantienen su respaldo a Macri sólo porque no es Cristina pero que sufren la recesión y el desplome del mercado interno, y los sindicalistas que no adhieren ni a una ni al otro (la mayoría), completan el cuadro de posibles apoyos. Finalmente, las PASO son una herramienta ideal para generar una competencia civilizada, con reglas de conducta, que defina candidaturas y potencie al ganador.

El problema es que esto es así… en teoría. En la práctica aparecen una serie de dificultades que vale la pena revisar.

La primera es de identidad. ¿Qué valores, estilos e ideas expresaría este espacio? Aunque todas las alquimias son posibles, una fuerza potente no puede construirse solo como un promedio reactivo a dos opciones parejamente odiadas, como una respuesta al neoliberalismo macrista y al populismo kirchnerista, y exige algo más que una simple metáfora espacial: no puede limitarse a la pobre metáfora de la ancha avenida del medio ni a una lectura voluntarista de la historia al estilo del tercer movimiento histórico de Raúl Alfonsín, que quiso combinar los valores democráticos del radicalismo con la sensibilidad social del peronismo y terminó sepultado por la crisis.

Por supuesto, esto no implica que diferentes fuerzas políticas no puedan convivir en frentes electorales con otras tradiciones, porque la experiencia del peronismo (con el PI), el menemismo (con la UCeDé) y el kirchnerismo (con el radicalismo de Julio Cobos) demuestran que, en ciertas circunstancias, la sociedad está dispuesta a apoyar experimentos de este tipo. Pero sí supone advertir que la construcción política no es un lego que simplemente toma lo mejor de este partido y descarta lo peor de aquél. Una alianza electoral puede permitirse muchas cosas salvo ser ininteligible: la sociedad tiene que entender que le está proponiendo.

En su muy franco, muy interesante y un poco melancólico libro de memorias (1), Felipe Solá revisa la estrategia de Sergio Massa de cara a las presidenciales del 2015. Recuerda que el tigrense arrancó la campaña liderando la oposición pero que con el tiempo fue quedando atrás de Macri, que al principio no tenía ni más apoyos ni más recursos ni –ciertamente– más carisma, pero que sí tenía la estrategia diseñada por Jaime Durán Barba: construirse como la verdadera opción de la clase media, afirmarse en el voto anti-peronista para a partir de ahí ampliar el rango de apoyos, frente a un Massa obstinado en pescar en un lago cada vez menos profundo.

La segunda dificultad es la definición de los candidatos. Una alianza puede constituirse formalmente, construir un programa, una marca y hasta una identidad, pero al final debe expresarse a través de una fórmula, el verbo encarnado de la política. Lavagna, cuya candidatura se agranda conforme la economía se achica, parece un candidato ideal para un país en crisis, pero las encuestas le asignan la mitad de intención de voto que a Massa. ¿Por qué debería Massa resignarse? ¿Y los gobernadores, menos conocidos pero dotados de una fuerza territorial de la que carecen los otros? La tercera posición tiene muchos candidatos: si no logra organizarse, es lo mismo que no tener ninguno.

La tercera cuestión es la sincronía institucional. La reforma constitucional del 94 acortó el mandato presidencial a cuatro años, habilitó la reelección e hizo coincidir en un mismo año las elecciones presidenciales y las de gobernadores, que también tienen períodos de cuatro años y en general pueden aspirar a un segundo mandato consecutivo. Como los jefes provinciales pueden adelantar los comicios en sus distritos y como la afirmación territorial es condición para cualquier aventura posterior, la mayoría de los caciques peronistas decidió desdoblar las elecciones para garantizar su supervivencia (2). Salvo aquellos que, como Juan Manuel Urtubey, ya van por su segundo período, el resto tiene pocos incentivos para apostar a un riesgoso armado nacional que, si fracasa, los dejará enfrentados al próximo presidente. Sin el apoyo de los gobernadores peronistas parece difícil que una fuerza con chances de enfrentar al macrismo y el kirchnerismo pueda prosperar.

La última dificultad es que los otros también juegan. La política es una danza con lobos. Juega el gobierno, que apuesta a una polarización que le permita concentrar el voto anti-cristinista y opera para que los gobernadores se abstengan de participar en la disputa nacional. Y juega también Cristina, que dejó de lado el sectarismo inconducente de parte de su entorno y reconstruyó la relación con ex aliados como Hugo Moyano y Felipe Solá, alienta el surgimiento de un kirchnerismo honestista liderado por Juan Grabois e incluso decidió imprimirle un “giro herbívoro” a su figura, expresado en las declaraciones tranquilizadoras de Axel Kicillof y el renovado rol de Alberto Fernández como armador político, todo lo cual puede interpretarse como un intento por ensanchar su base de apoyos sin resignar su conducción. Sensata la estrategia de Cristina, sea para negociar desde una posición de fuerza una articulación pan-peronista en la que se reserve el lugar de conductora, o para lanzar su propia candidatura.

En este escenario, la posibilidad de que prospere una tercera alternativa no es imposible pero sí muy difícil, lo que no deja de ser un problema. En primer lugar, porque el kirchnerismo y el macrismo vienen protagonizando el juego político desde la crisis del 2001. Por más que el macrismo se haya pasteurizado primero y bolsonarizado últimamente, por más moderada que se muestre Cristina, ambos espacios conservan sus dirigentes, sus ideas y sus estilos, lo que en última instancia revela la dificultad de la política argentina para renovarse. Pero sucede además que las mismas encuestas que confirman la resiliencia de ambas fuerzas muestran el alto nivel de rechazo que generan, que entre rechazos duros y blandos alcanza el 60 e incluso el 70 por ciento: el escenario 2019 es el de una disputa trágica entre dos negatividades.

Pero así estamos, y de hecho las últimas encuestas muestran una asombrosa recuperación de la imagen de Macri y un ascenso, menos acelerado pero no menos notable, de Cristina (3). Del mismo modo que la crisis económica no alcanzó a perforar el piso del oficialismo, que aún en sus peores momentos se mantuvo por arriba del 25 por ciento, el escándalo de los cuadernos no afectó de manera significativa la imagen de la ex presidenta. Habría que ir aceptándolo: aunque el espacio teórico para la emergencia de una tercera opción existe y aunque siempre puede haber sorpresas, el paisaje político sigue dominado por los dos actores surgidos de las cenizas de diciembre, los que en su remota presidencia Néstor Kirchner imaginó como perfectos enemigos y los que para bien o para mal siguen concitando el mayor número de adhesiones.

1. Felipe Solá, Peronismo, Pampa, peligro, Paidós, 2017.
2. El 2019 estará marcado por una seguidilla de elecciones provinciales: marzo (Catamarca), abril (Entre Ríos y Neuquén), mayo (Córdoba, Misiones, La Rioja, Chubut y Tierra del Fuego) y junio (Chaco, Mendoza, San Juan, Santa Fe, San Luis, Tucumán, La Pampa, Río Negro y Santa Cruz).
3. Por ejemplo, la encuesta de Poliarquía publicada el 16 de diciembre de 2018 en La Nación muestra que Macri pasó del 32 al 39 por ciento de imagen positiva en el último mes, en tanto que Cristina se consolida como la principal líder de la oposición con el 30 por ciento de apoyos.

fuente: eldiplo.org