Durante más de tres décadas se dedicó al estudio y elaboración de sueros antiofídicos, cansado de mendigar ayuda económica cerró las puertas del laboratorio. Hoy su vida depende de la colaboración de sus vecinos.

Un millar de vidas pendieron de sus manos; las puertas de su casa se abrieron a niños, adolescentes y adultos que llegaron expectantes de curiosidad por recorrer el serpentario; compartió su sapiencia con quienes entendió que continuarían su labor… ¿Cascarrabias? ¿O un hombre que nada sabe de guardarse lo que piensa? Eso ya no importa. Alejandro Vogt entregó sus conocimientos al pueblo y al Estado misioneros, los mismos que durante años le dieron la espalda, los mismos por los que hoy yace en una cama sin la atención que debiera, los mismos que cuando ya no esté, seguramente, le rendirán homenajes que nada importarán.

Alejandro Vogt, con solo poco más de setenta años, ya no puede caminar, “perdió la fuerza para sostenerse sobre las piernas”, pasa sus días y sus noches en una cama, abandonado por el sistema y bajo el cuidado de la familia Pacheco, vecinos que actualmente tienen su guarda, tras encontrarlo desvanecido en su casa y haber peleado contra viento y marea en busca de una mejor calidad de vida para él. Su cabeza, tan lúcida como hace tres décadas.

Llegó a la Capital del Monte en 1985, cuando Gendarmería (fue comandante) lo destinó al Escuadrón 9, fuerza a la que llegó luego de estudiar magisterio, medicina, licenciatura en Biología y donde obtuvo su licencia de piloto de avión, destreza con la que, también, sirvió en Malvinas.

En la tierra colorada replicó los conocimientos que trajo del Instituto Malbrán, donde trabajó en la elaboración de antídotos. Es que Misiones es el paraíso para un biólogo, solo en esta provincia se encuentran seis de las siete especies de yarará existentes. Así fue que en el ingreso a la ciudad, a un lado de su casa, montó el Centro Zootoxicológico o el “serpentario”, como lo llamaron vulgarmente, un espacio para la investigación científica, la fabricación de sueros y, por añadidura, para solventar algunos gastos, destino turístico, principalmente para establecimientos escolares de la zona.

Lamentablemente quienes pasaron por el poder municipal, Sábato Romano, Miguel Oliveras, Rolo Dalmau, Ewaldo Rindfleisch, no solo no comprendieron la envergadura del trabajo que en laboratorio de la calle La Paz se llevaba a cabo, sino que además optaron por trenzarse en discusiones vacías de contenido para escapar a la obligación moral de aportar económicamente con el lugar donde durante años, gracias al suero que preparaba, gratuitamente salvó la vida a alrededor miles de personas mordidas por ofidios. Obviamente, desde Nación tampoco llegaron ayudas.

Como el colofón de un antiguo libro

En 2012, ante los ojos de una sociedad cegada por una falsa sensación de autarquía, el “serpentario” se llamó al silencio. “Lugar cerrado, no insistir”, anunció durante algún tiempo un cartel escrito con tiza, el mismo letrero que Vogt imprimió a su sueño y con el que dejó ir su vida.

Los animales, el cocodrilo del río Mississippi, la anaconda del Amazonas, la anguila eléctrica de río que cuando se enojaba desarrollaba 1.200 voltios, las boas, iguanas chinas, lagartos overos, tortugas de caparazón blando, serpientes, víboras, arañas y sapos con uñas “hicieron las valijas” y encontraron un nuevo hogar en la Ciudad de las Cataratas.

Aún hoy, mientras el tiempo se encarga de llevar al baúl de los recuerdos el que para muchos no fue más que un paseo por el serpentario ecológico, el cocodrilario, el pitonario, el ranario y el laboratorio equipado con un bioterio para la reproducción de roedores y víboras, el Biocentro Iguazú exhibe en un gran complejo turístico a muchos de los “bichitos del científico de Oberá”. Mientras que el laboratorio biológico Vogt lo cedió a una pareja de veterinarios que se instaló en Roca Chica.

En donde otrora fuera el laboratorio, el médico intentó dar rienda a su hobby, ese que durante años postergó o que se inventó ante la pérdida de la que fuera su vida, que incluso le costó la familia, el ferromodelismo.

Una gran ciudad en miniatura, cuidadosamente trabajada, surcada por vías de tren, por las que los ferrocarriles transitan raudamente, ocupó una ínfima porción de su tiempo. Pero sin duda la tristeza hizo estragos en su salud. La diabetes, enfermedad con la que convive desde los cincuenta años, lo encontró debilitado y se manifestó con fuerza.

Un genio al que se está dejando ir

Solo 72 años tiene el doctor Vogt, el mismo hombre que salvó vidas desde la medicina, con la herpentología y a través de sus estudios científicos, está condenado a una cama y solo tiene la ayuda de unos vecinos, don Pacheco y su esposa Mabel, quienes lo asisten y velan por él después de encontrarlo desvanecido en el piso de su casa.

Pañales, medicamentos, alimentos, agua, algo tan imprescindible como el líquido vital llega a él mediante la ayuda de esta pareja, que golpeó cuantas puertas encontró en busca de asistencia, pero solo encontró más piedras en el camino.

El doctor nunca fue un hombre “fácil de tratar”, nunca supo callar una opinión ni guardar una verdad, sin importar a quien tocara, siempre fue de frente. La vejez y, seguramente, el dolor de la indiferencia, completaron un carácter difícil. Pero detrás hay un genio, un hombre que lo dejó todo por buscar “curas” para la gente, hombres y mujeres que, quizá, necesiten un antídoto para la desidia.

En el living de su casa aún ostenta víboras y escorpiones embalsamados y arañas disecadas, entre portarretratos donde luce con orgullo su uniforme de Gendarmería, en muebles de impoluta limpieza. En su dormitorio se apilan cientos de archivos y no aleja de su lado una pequeña caja con libretas y agendas.

“Hace cinco años lo cuido, lo encontré tirado, golpeado, con costillas rotas, dimos aviso a las autoridades, en Gendarmería nos dieron la espalda, y tuvimos que recurrir al juez, a quien rendimos cuenta de todo lo que se compra para él. La Municipalidad nos prometió ayuda, pero nunca apareció nadie”, contó Mabel.

Y agregó que “muchos pensaron y piensan que está muerto. Él no es una persona cualquiera, no es un indigente, tiene muchísimos títulos, su consultorio permanece como lo dejó”.

“Hasta el día de hoy viene gente a querer ver los animales, cuenta con mucha tristeza su historia, tuvo personal municipal designado que en vez de ayudarle le robaba, el tener que venderlo todo fue muy duro. No quiso hacer los tratamientos médicos que debía, ahora necesita un kinesiólogo, vinieron dos pero no supieron lidiar con su carácter y se fueron”, apuntó.

Muchas fueron las veces que se acercaron en busca de ampollas de suero, de crotoxina, que entregaba sin siquiera cuestionar para después enterarse que habían sido vendidas, incluso al exterior, por sumas siderales, de las que, obviamente, no veía si quiera una moneda, recordó la vecina.

“La gente está primera para meterse, para opinar, pero para ayudar, no existe nadie”, remarcó la mujer que se ocupa de la limpieza de la vivienda, alimentarlo, darle la medicación y mantenerlo higienizado, con ayuda de su esposo, que le cambia los pañales.

Con el alma herida, con la mente clara

“No sé qué decirle, usted me cayó de sorpresa”, dijo el doctor el Vogt a #Koape.

“Hace 35 años llegué a Oberá, estaba en Gendarmería, pertenecía al cuerpo de Comando, y me mandaron a cumplir servicio aquí, fuera de ser médico, soy biólogo y mi especialidad es herpentología, ya lo trabajaba en el Instituto Malbrán”, memoró y se dejó llevar repasando su vida, la misma que dejó en su trabajo.

“¿Necesita algo doctor?” Le preguntó Mabel. “Un hielito”, respondió.

fuente: primeraedicion