Luego de tensa pulseada en San Pablo, el exmandatario brasileño se entregó y arribó después de las 22 al lugar en que estará detenido.

Luego de 48 horas que mantuvieron en vilo a Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva se convirtió este sábado en el primer expresidente de ese país encarcelado por un delito común y en la mayor presa de la Operación Lava Jato, que desde hace cuatro años sacude a una clase política gangrenada por la corrupción. El exmandatario de izquierda (2003-2010) llegó por la noche en helicóptero a la sede de la Policía Federal de Curitiba (sur), donde una celda de 15 metros cuadrados con baño privado fue especialmente acondicionada para alojarlo. Lula, de 72 años, fue condenado a 12 años y un mes de cárcel por el juez Sergio Moro, figura emblemática de Lava Jato, que consideró que había recibido un apartamento de lujo de parte de la constructora a cambio de facilidades para obtener contratos con Petrobras.

El exdirigente sindical, que enfrenta otros seis procesos penales, se declara inocente en todos y denuncia un acoso judicial para impedirle volver al poder en las elecciones de octubre, para las cuales es el gran favorito según todos los sondeos. Pero Lula es también uno de los políticos que más rechazo suscita, y su detención fue tan celebrada como llorada en varias ciudades del país.

Frente a la sede policial, centenares de personas festejaron su llegada con fuegos artificiales, cornetas y silbatos, dando vítores a la “República de Curitiba”, la ciudad denominada “Capital de Lava Jato”. “Gracias a esta detención existe ahora una pizca de esperanza en Brasil, de justicia”, dijo Felipe Ploencio, un guardián de seguridad, de 26 años.

Del otro lado de un vallado tendido por la policía, había igualmente unos cientos de lulistas, que durante la madrugada comenzrona montar algunas carpas como para “acompañar” a su encarcelado líder político. Lula se entregó a la policía en el Sindicato de Metalúrgicos de Sao Bernardo do Campo, en el cinturón industrial de Sao Paulo, donde estaba atrincherado y rodeado de miles de partidarios desde que el juez Moro emitió la orden de captura, 48 horas antes. Como último desafío, asistió a una misa en memoria de su esposa fallecida el año pasado, que tuvo lugar frente a la sede sindical y en la que anunció su intención de someterse al fallo. “Voy a cumplir la orden de cárcel (…) y cada uno de ustedes se transformará en un Lula”, proclamó el exmandatario, desencadenando un clamor unánime de “¡Soy Lula! ¡Soy Lula!”. “Moro mintió al decir que esa apartamento era mío”, reiteró.

Su detención es un nuevo golpe para su fuerza política, el Partido de los Trabajadores (PT), después de la destitución en 2016 de la presidenta Dilma Rousseff, su heredera política, acusada de manipular las cuentas públicas, y de la detención o la acusación de muchos de sus dirigentes históricos. Queda por ver ahora quién puede capitalizar la detención de Lula y si el dirigente indiscutible del PT puede, desde la cárcel, transferir su electorado a otro candidato. El exmandatario llegó a Curitiva a bordo de un helicóptero, que se posó a las 22H30 locales (01H30 GMT) sobre la sede del edificio de la Policía Federal. Había sido detenido por la tarde en las afueras de Sao Paulo, desde donde fue trasladado a Curitiba en avioneta. Su primer destino fue el Pabellón Médico, para controlar su salud y de ahí irá a su celda de15 metros cuadrados, donde deberá utilizar el uniforme naranja de todos los reclusos.

Tras el ultimátum de las autoridades para que se entregara sí o sí esta noche, el expresidente brasileño Luiz Inácio “Lula” Da Silva se entregó voluntariamente a la Justicia y salió caminando cerca de las 19 del Sindicato de Metalúrgicos de San Pablo. Allí estaba el exmandatario desde el jueves, tras la orden de detención dictada por el juez Sérgio Moro. Afuera, los manifestantes coreaban consignas de resistencia e intentaban vulnerar las vallas. Lula intentó esta tarde salir en un auto gris sin poder lograrlo.

Después de un fuerte discurso en el que cargó contra la política brasileña y el juez Sérgio Moro, el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva se entregó este sábado ante las autoridades: cumplirá una condena de doce años de prisión luego de que fuera condenado -en tres instancias- por el delito de lavado de dinero y corrupción pasiva, luego de que un empresario lo acusara de recibir un departamento a modo de coima.

Da Silva salió en medio de una multitud del sindicato metalúrgico de San Bernardo do Ocampo en el que pasó las últimas 24 horas, a la espera del vencimiento del plazo que le había dado Moro para entregarse voluntariamente. Sólo abandonó la sede gremial para asistir a una misa en recuerdo de su esposa, Marisa Rocco, que cumpliría hoy 68 años. Doña Marisa, como se la conoció en todo el país, murió en febrero de 2017, y era una de las personas investigadas en la causa por la que hoy su viudo fue a prisión.

“Voy a cumplir el mandato de prisión”, había confirmado Lula en horas de la mañana, en medio de un duro discurso en el que convocó a sus seguidores del Partido de los Trabajadores, y a los movimientos de izquierda en general, a seguir su legado, en especial con su salida forzada de la carrera presidencial. “Ustedes, de ahora en adelante ya no se llaman Chiquita o Pedrito: todos ustedes son Lula y van a andar por el país haciendo lo que precisa hacerse”, exhortó Da Silva, ante la multitud que lo acompañó desde que se oficializara la orden de detención en su contra.

“Todos ustedes serán Lula y caminarán por este país haciendo lo que hay que hacer. Mis ideas están en el aire, y no hay como detenerlas”, enfatizó en su mensaje a la multitud. En ese marco, agregó: “Soy un ciudadano indignado, soy el único ser humano imputado por un departamento que no es mío”. Por ello, denunció: “El golpe empezó con Dilma (Rousseff) y termina con la decisión de que Lula no sea candidato a la presidencia”.

Lula tiene más de un tercio de intenciones de voto y según las encuestas se impondría en la segunda vuelta frente a cualquier candidato, pero en su ausencia, no hay ningún dirigente que claramente pueda heredar del electorado de izquierda. Sin Da Silva en las urnas, el posible futuro presidente de Brasil sería el diputado de ultraderecha Jair Bolsonaro, a quienes ya apodaron el “Trump latinoamericano”.

Mientras tanto, en una reunión con empresarios en Salvador (noreste), el presidente Temer -exvice de Rousseff y aliado político del PT- abogó por un retorno a una era de “optimismo” y de “paz social”.

“En otros tiempos, había mucho más optimismo y los brasileños querían la paz social. No había divergencias radicales entre los brasileños”, declaró el mandatario, que según una reciente encuesta tiene una imagen positiva de apenas 7%.

Si bien fue condenado por una de las seis causas judiciales en su contra, el exmandatario negó todos los cargos y culpó a las “élites” de orquestar una persecución en su contra. Además, señaló ante los miles de seguidores que escuchaban su discurso: “Tengo la conciencia tranquila”. Y concluyó: “Los voy a enfrentar mirándolos a los ojos. Cuanto más días me tengan preso, más Lulas van a nacer en este país”.

Militancia y religión. Durante la misa por Rocco, a la que asistieron varias personalidades, entre ellas la la destituida exmandataria Dilma Rousseff, heredera política de Lula, un cura enumeró en un momento la lista de cinco expresidentes brasileños que en algún momento conocieron la prisión, antes de agregar: “Y ahora… Lula”, levantando un clamor de la plaza: “¡Lula libre!”, “¡Lula libre!”.

La esposa de Lula, Marisa Letícia, falleció en febrero de 2017. Este sábado hubiera cumplido 68 años. Su nombre figuraba en la causa que llevó a la condena del ex jefe de Estado, como beneficiario de un apartamento en un balneario ofrecido por una constructora a cambio de facilidades para obtener contratos en Petrobras.

Lula siempre negó esos cargos y al despedir a quien fue su compañera durante cuatro décadas y con quien tuvo tres hijos expresó su deseo de que “los criminales que levantaron ligerezas contra Marisa tengan (un día) la humildad de pedir disculpas”.

Futuro aislado. En Curitiba (sur), la ciudad donde oficia Moro, a Lula lo espera una celda de unos 15 metros cuadrados, con baño privado y derecho a dos horas diarias de aire libre. Según resumen medios de ese país, estará solo, con guardias en la puerta de su celda y sólo tendrá dos horas por día para estar al aire libre, siempre alejado de otros reclusos. No obstante, todavía tiene chances de salir de prisión antes del fin de la condena. En septiembre, el Tribunal Superior deberá resolver sobre un tecnicismo legal que podría excarcelarlo antes de fin de año.

“Hay conversaciones en la policía con los abogados del expresidente”, manifestó el diputado Carlos Zarattini, del Partido de los Trabajadores (PT), que se halla junto a Lula, en declaraciones a la agencia internacional AFP.

El magistrado le había ofrecido la posibilidad de presentarse “voluntariamente” en Curitiba antes del viernes a las 17, pero el exsindicalista ignoró ese plazo y permaneció en su búnker sindical, rodeado por miles de personas que le expresan apoyo día y noche. Los abogados de Lula presentaron varios recursos para suspender la orden de prisión, pero fueron rechazados y el exmandatario ya está en la cárcel de Curitiba.

“(Lula) fue condenado por lavado de dinero y corrupción. Es preciso ejecutar la sentencia. No veo ninguna razón específica para aplazarla”, indicó Moro en una entrevista a la China Global Television Network (CGTN). El expresidente es la presa mayor del magistrado símbolo de la Operación Lava Jato, que desvendó una gigantesca red de sobornos enquistada en el Estado, con implicaciones de prácticamente todos los partidos.

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